Los patitos feos también besan.

No hay mujer fea, sinó sin rial.



Comienzo escribiendo que, el título de este escrito no es de mi autoría. Lo tomé prestado de un libro. Hace semanas fui a una librería y llamó mi atención. Aunque no les sabría decir de que trataba dicho libro espero que no sea de la misma forma que yo lo interpreté. Luego veré.

MOVIDICK, sí, para algunos le causó risa y para otros me dijeron: ay, pobrecita. Así me decía aquél chico de la secundaria. Tenía once años, estatura media, gorda, cabello ondulado – muy ondulado-, zapatos ortopédicos (con mangueritas a los lados), con lentes y, por si fuera poco, frenillos. Usábamos falda, yo, siguiendo las reglas del colegio y “valores” de mi madre, lo usaba por debajo de las rodillas. La propia Nerd, pues. Ah, y sin contar algunas veces mi dos clinejitas o mi cebollita. Totalmente antisexy.

Lo bueno era que, por mi exagerada cualidad de servicial tenía muchos amigos. Hasta los de pre-escolar. Era la amiga de todos. Yo de verdad que era feliz así. Yo no andaba pendiente del por qué comía tanto, por qué no me arreglaba un poquito, nada de eso. Simplemente, me gustaba llegar, jugar, hacer reír y meter en los trabajos a quien lo necesitase. Pero no es hasta que, comenzó a gustarme ese muchacho.

Quería lucir bonita, parecerá loco, pero quería ser catirita como una chica que entró nueva ese año. Todos miraban a verla. Ella se parecía a mi en cuanto actitud, era pana, simpática y servicial, pero con la diferencia que en físico no le llegaba ni a los cayos – si es que tenía- era tan perfecta – pensaba yo, claro- que cuando se me caía una pestañita el primer deseo que pedía era parecerme a ella. Sí, sí, vainas de niño… A parte, me acuerdo que para ese entonces el bum del momento era la cantante Britney Spears, ella tenía un parecido arrechísimo a ella, hasta bailaba igualito. Yo me decía: tanta perfección junta, no puede ser.
En fin, llegué hacerme amiga de ella. Era fácil ser su amiga, o debe ser que como estaba nueva y tal, quería ser simpática con todos, no lo sé… pero, comenzamos a conversar y a contarnos vainas. Éramos como que las que más jodedoras del salón. Ella también era morocha, en su caso, con un chico. Él era más tranquilo, estudioso, pacífico; mientras que ella era la más graciosa, ocurrente y salía mal en los estudios. En mi caso, mi hermana era la más disciplinada, más callada y yo, bueno yo, la más alborotada, que le gustaba reír y burlarse de las monjas.

Ella y yo, nos convertimos en el ojo de la directora y nuestra coordinadora. Siempre que sucedía algo en el salón, salía a relucir nuestros nombres, claro, y el grupito de nosotros. Pero, la que más mencionaban era ella y yo.
Nos hicimos amiguitas, yo me sentía bien con ella. Primero, porque cuando salíamos ella conocía muchos chicos lindos, y qué les puedo decir… me los presentaba, claro, que obviamente, no me paraban bolas, pero yo parecía Alicia en el País de las maravillas jajajajajaja… Segundo, que ella fue la primera en ponerme un rimel en mis pestañas y decirme que a pesar que fuera gordita, yo era bonita. Más linda mi Laura jajajajajaja…
Yo a ella no le tenía envidia ni nada, solo un poco de celos. Porque el chico que me gustaba estaba enamoradito de ella. Él a ella si le enviaba cartas, le regalaba florecitas, chocolatitos, de todo. A lo que ella lo tomaba con chiste y le parecía de lo más normal, pues, estaba acostumbrada a esas carticas. Yo por mi lado, pensando que desearía tener, aunque sea un papelito que dijera que le en cantaba a alguien. La únicas cartas que recibí y fueron como ocho, y fue en una convivencia que hicimos en el colegio, en el que la mayoría de ellas decía: Arréglate más, adelgaza y así conseguirás novio. Escritas por los chicos de mi salón, vale recalcar.

Todas esas cosas afectaron mi autoestima. Aunque actualmente, queda algo de eso.
En octavo grado mi madre nos da la noticia que ese sería el último año que estudiaríamos allí. Que nos mudaríamos para Maracay a buscar nueva vida, pues, la relación de mis padres no estaba bien y el trabajo de mi mamá, bueh, estaba haciendo interrumpido por una política corrupta.

Yo no quería irme, que va, amaba mis amigos y prácticamente toda mi familia estaba aquí. Fue fuerte irme… Tenía rabia, mucha rabia… me volví rebeldísima, me escapé muchas veces, gritaba, pataleaba… muchas cosas pasaron.

Y afectó muchísimo en mi organismo. Comencé a adelgazar considerablemente, no quería comer, no me daba hambre, me la pasaba metida en mi cuarto pensando marikeras. Me metí en un gimnasio me iba desde las tres de la tarde hasta las ocho, si era posible. En las mañanas me levantaba tempranísimo para hacer los ejercicios que pasaban por meridiano televisión, hacía todos los ejercicios de los programas que pasaban allí hasta que se hiciera la hora del almuerzo. No almorzaba, quería irme ya al gimnasio. Era incontrolable esas ganas de ir. En dos meses ya llevaba quince kilos menos. Eso fue un revuelo total en la familia y mis allegados.

Ya no era gorda, era demás de delgada. Escuchaba comentarios buenos y no tan buenos. No me afectaban en lo absoluto, pues, había logrado adelgazar. Sin embargo, con todo y eso no lograba gustarle a algún chico. Eso me bajaba más el autoestima.

Mi autoestima subió una vez que conocí a ese flaco, drelúo, sí, sí, el baterista. Sabía que teníamos esa “chispa” (como él lo catalogaba). Y no era físico, era más allá de lo físico. Sentía que era algo fino. Pero bueh, pasó lo que pasó con él…

Luego pasó con el Matureño. El chico de mis escritos. (Disculpen si lo nombro mucho, pero es que… qué puedo hacer). Claro, que para cuando El idiota me conoció ya estaba más rellenita.

Ustedes se preguntarán: Ajá, tanto palabrerío, cháchara y aún que tiene que ver todo esto con el título.

Yo pienso mucho, me enrollo demás, y parte de esa inseguridad básicamente parte de allí. De pensar que soy fea y que nadie me querrá así. Pero no, no es así. Es mentirse uno mismo. Todos somos lindos en esta vida lo que pasa es que no tenemos plata jejejejejeje… No vale, es broma. Yo desde chiquita pensaba: Nunca aprenderé a dar besos y eso me tenía mal. Me sentía tan fea que ya me hacía la idea de que llegaría virgen, no solo de allá bajito, sinó de boca también.

Pero acá estoy, sin arrepentimientos. He besado, ojo – los que he querido – no es mucho, pero lo suficientemente para saber lo que se siente. Y sí, he besado de todos los modos; divertidos, seductores, salvajes, excitantes y los más importantes, sinceros.

Yo no me considero preciosa o “tan linda como una flor”, no, no, pero si de algo estoy segura es que he besado. Y con el hecho de que haya besado, no me hace ver más bonita o menos fea. Cualquiera tiene la potestad de besar.
Y saben una cosa: Los chicos lindos no saben besar jejejejejeje…

;)

1 comentario:

  1. e leido varios y este especialmente me dió por comntar.. si los patitos feos también sabemos besar, je a mi me pasa igual siempre me e sentido feo pero al contrario de tu caso a sido por ser delgada hajajaja me gusta como escribes.

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